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Una y otra vez la libélula me rodea con su suave silencio que sólo yo puedo escuchar. Es una libélula ancestral, enigmática, sin idioma fijo, con mensajes secretos. Se acerca bastante, me toca con sus alas, me sorprende con su vuelo, me intriga y me insiste que la siga. Parece ser que siempre estuvo conmigo desde casi toda mi vida, cuidando cada detalle de mi existencia. Varias veces se me enredó en el pelo y se escondió en mis senos, cada vez que yo viajaba para poder pasar las aduanas. Escribió cuidadosamente mis amores en un cuaderno de notas empastado a mano. Pero sus hojas se acabaron. Y no hay más cuadernos. Vi que en estos días volaba intranquila, se me enredaba en el pelo se escondía en mis senos pero yo ya no paso por aduanas. Hace unas noches se perdió. La busqué en la huerta, en la pila del patio, en la cocina de mi mamá, entre las frutas de Rosita, en los mandalas de Sofía, en las manos del guitarrista con voz de mar, pero fue en vano. Mis noches volvieron a ser blancas y por alguna razón dejé de escribir. Un dolor de espalda me aquejaba en algún punto indefinido, entre mi pasado y mi presente; tal vez más cerca del presente, ahí donde las lágrimas se secaron y se convirtieron en cristales multicolores y se enredaron en las nubes iridiscentes que me persiguen desde Septiembre. Libélulas y nubes; nubes y libélulas que se me enredan en el pelo y en el pecho presagiando lo que no imagino. Varios días tuve ese dolor en mi espalda, entre el pasado y el presente, cerca de la sexta vértebra donde ya las lágrimas son cristales multicolores que pude por fin atrapar para colgar en las lámparas de hierro. Una mañana, después de la ducha matinal, limpié el vapor del espejo y vi, sorprendida a la libélula enigmática volar detrás de mí, se enredó en mi pelo y se posó en la ventana. Mi dolor desapareció. Desapareció mi tristeza, desaparecieron los cristales multicolores y me quedó un suave toquecito de ternura, ubicado exactamente en la sexta vértebra, entre el pasado y el presente. Se me había perdido la ternura. La había buscado en mi armario, en la chimenea, en la pila del patio, entre las frutas de Rosita y en la cocina de mi mamá; en los mandalas de Sofía , en esas manos inmensas repletas de música y en la huerta. Se me había perdido. Y por eso me dolía la espalda.
Con mucha curiosidad investigué con la ayuda de un espejo, ese suave toquecito de ternura y lo encontré. Ahí estaba, pintado de violeta, justo ahí, donde termina mi pasado y vuelvo a ser yo.
Enigmática libélula ancestral, mensajera de la secreta ternura heredada, que sigue revoloteando, enredándose en mi pelo, escondiéndose en mis senos, anidando en mis manos, pintándome de toquecitos violetas, iluminando las nubes iridiscentes para perseguirme una vez más...
...y siempre una vez más.